El espectáculo más repetido en el Congreso de los Diputados es el de las acusaciones de culpabilidad que PP y PSOE se hacen mutuamente respecto de la crisis que sufrimos. Casi no pasa día sin que un partido culpe al otro del actual desastre. Y lo tremendo es que, muy probablemente, ambos tienen razón, porque cada uno tuvo o tiene su época de responsabilidades, con sus aciertos y sus errores. Pero en esto, que es una obviedad, no se ponen de acuerdo, ni creo que la hagan en los próximos tiempos.
No obstante, algo ha empezado a cambiar en el reparto de culpas. Hace poco, Miguel Martín, presidente de la Asociación Española de Banca (AEB), dijo en la subcomisión de Economía que «una de las causas fundamentales de la creación de la burbuja inmobiliaria fue el cambio legal que impuso el Gobierno a las entidades para facilitar el cambio de tipos fijos a variables». Este cambio legal, que abarató los préstamos, se produjo -dijo- durante «el segundo mandato del PP, con José María Aznar». Esto es, que Aznar también es culpable o tuvo su parte en el origen de la crisis.
¿Hasta ahí se remontan nuestros males? Y más aún. Porque, según otros expertos, también están en nuestro pasivo los efectos de la segunda crisis del petróleo (1979-1981), que Adolfo Suárez no supo o no pudo afrontar y que Felipe González «resolvió muy mal». Si a esto sumamos la crisis de 1993, con recesión, desempleo y tres devaluaciones que sumaron un 19 %, veremos que Suárez y Felipe González tampoco podrían irse de rositas. Con lo cual ya estamos a punto de culpar al franquismo, a la Guerra Civil, a la República y a todo el sangriento siglo XIX. Por este absurdo camino transitan algunos teóricos en su intento de exonerar de culpa a los líderes actuales.
Es verdad que el presente es hijo del pasado, pero no hasta ese extremo de conspicuos malabarismos. La crisis actual tiene culpables más o menos directos, más o menos cercanos, pero sobre todo tiene víctimas. Muchas víctimas. Y la salida ha de ser un esfuerzo colectivo liderado por unos políticos capaces de acordar lo mejor en beneficio de todos. Pero, ay, justamente de lo que nuestros políticos son culpables es de no lograr esto.