De incienso y mirra

Ramón Pernas
Ramón Pernas NORDÉS

OPINIÓN

La república de los niños es una fábrica de chocolate como en el cuento de Roald Dahl, que cada 5 de enero, cuando cae la noche, es visitada por los señores Reyes que, haciendo magia y caminando por el aire, obsequian a los niños que han sido buenos con regalos, igual que como hace dos mil años agasajaron a Jesús Niño, según relata el evangelio de Mateo.

El mayor, el del blanco cabello y luenga barba, llevó el oro que poco importó al recién nacido, el metal que todo lo pervierte y con el que se acuñarían las treinta monedas de la infamia, de la traición con que Judas lo vendería treinta y tres años más tarde. Oro que está en el inicio del dolor y de la usura, de la especulación y la codicia. Gaspar, rubio y altivo, trajo incienso fabricado con quince plantas y quince flores, incienso de salvia y de romero, de menta y de lavanda y de hinojo que perfumó el aire aromatizando el portal de almizcle y pachulí. El Niño le sonrió y Gaspar se arrodilló ante Dios recién nacido. Baltasar, al que también Cunqueiro llama el fosco, por la color morena de su tez, le ofreció mirra, que era la esencia de ungüentos y perfumes, resina aromática de un árbol que crece en Oriente y que presagiaba con su amargor los momentos acres que llegarían a la vida del Mesías.

La mirra se mezcló en la brisa cercana con el perfume del incienso mientras la mula y el buey con su aliento calentaban la estancia, el desvencijado portal de Belén, porque la mañana de la Epifanía era realmente fría, heladora.

Y cada año repiten su llegada los señores Magos, viene con ellos Artabán, el cuarto rey, el que escribió el cura presbiteriano Van Dike. Un rey que entretuvieron en todos los caminos de Judea y que llegó junto al Señor el día que lo crucificaron en el Gólgota, y Artabán asistió a su muerte.

Vienen muchos reyes a la república de los niños. Unos son ricos, los más pobres. Me contaba mi madre que en el año 37 del pasado siglo, cuando ya era mocita, los señores reyes le dejaron junto a su cama en la mañana del 6 de enero, unas zapatillas de paño y una naranja redonda como un sol, y madre la conservó intacta sin comerla hasta que pasaron dos largos meses y la primavera se asomó a su puerta.

A mí los Reyes me trajeron todo lo que les he pedido. La magia de la palabra, el dejarme ver la luna, el ruido de la persiana que levanto cada mañana, la risa franca de mis hijos, el incienso de mi familia que perfuma mi casa, y la mirra que hace que no me olvide del dolor y la amargura. Sigo siendo el niño que fui, creyendo firmemente en la generosidad de sus majestades y cuando llegue la noche de hoy dejaré mis zapatos junto a mi ventana. Quizás me traigan el sol que vio mi madre en su naranja.