Los archivos de la Academia sueca acaban de hacerse públicos para revelar que la elección de John Steinbeck para el premio del año 1962 fue una especie de mal menor. Lo que me recuerda las medallas de bronce de Galicia, que Fraga entregaba con prodigalidad para escarnio de los agraciados. Steinbeck es uno de mis escritores favoritos, uno de los más grandes. Esa novelita, De ratones y hombres, es una de las obras más importantes del siglo veinte, al igual que Las praderas del cielo, que yo tuve el placer de publicar en mi sello editorial. Pero esto viene a cuento por la manía de revisar el pasado para decir las verdades. Eso de la sinceridad está sobrevalorado.
A mí me escandaliza lo de Baltar, que ahora el fiscal de Ourense denuncia en voz alta como si no se supiera. El cinismo con que se ha ido desarrollando la corrupción del cacique trombonista, el caldo de cultivo que Fraga mantenía en un hervor constante -chup, chup- para alimentar su poder vitalicio, fue siempre conocido de los gallegos. La discusión nunca estuvo en si era o no cierto su clientelismo, sino si era o no mala aquella corrupción, en un claro ejercicio gimnástico autóctono de la democracia. Yo, que me he hartado de denunciar no solo a los Baltares, sino a los que posibilitan que su negocio político prospere, me alegro mucho de que el fiscal de Ourense, besado por el príncipe encantador de la Justicia, despierte de su sueño de bella durmiente. No me alegro tanto, en cambio de que me toquen, a estas alturas, a John Steinbeck.