No ha pasado mucho tiempo desde que unos políticos grandes, visionarios y ambiciosos, nos enseñaron a soñar Europa como un espacio político y socioeconómico unido y situado en la vanguardia universal. Aquellos hombres se apellidaban Schuman, Adenauer, Monnet, Delors, Brandt, Kohl, etcétera. Los de ahora (Durão Barroso, Van Rompuy y compañía) no les llegan a la suela de los zapatos. Es lo que hay. Si hoy tenemos que soñar Europa (y debemos hacerlo) hemos de recuperar el mensaje de los padres fundadores y apoyarnos en su lúcida y férrea voluntad de buscar un remedio definitivo para los males europeos del pasado. Algo que todos creíamos haber logrado.
¿Qué está ocurriendo ahora? Que languidecemos, indecisos y desconcertados por nuestra propia falta de entereza y de solidaridad comunitaria. Vemos los gráficos internacionales y descubrimos que ese 7 % de la población mundial que sumamos ya no lidera -o creemos que no lidera- un modelo sociopolítico y económico de éxito. Y entonces volvemos los ojos hacia la canciller Angela Merkel como si solo ella pudiera (si quisiera) redimirnos. Lo cual constituye una lamentable caída de nuestra autoestima.
La verdad es que la Unión Europea atraviesa un momento difícil, con políticos mediocres y sin soñadores con liderazgo. Pero es la resignación ante esta realidad la que nos está causando el mayor daño. Me refiero a esa especie de fe perdida en un modelo que figuraba como nuestra mayor conquista y que parece desplomado. En este punto está el verdadero núcleo del problema. Porque sin fe en el modelo democrático y social europeo no acertaremos a defenderlo y menos a desarrollarlo. Por eso es tan importante identificar sus fortalezas y ampararlas, también con nuestra exigencia de líderes con grandeza de visión y de proyecto. La UE es un grandísimo logro al que no podemos (no debemos) renunciar ni en nuestros peores momentos de desánimo. En esta idea unitaria y solidaria está nuestro mejor futuro. Y este argumento debe repetirse tantas veces como sea necesario, porque no hay ningún otro que pueda comparársele o que merezca ser considerado. Cualquier duda a este respecto es una perversión del ideal compartido que soñamos.