Empiezo a estar harto de actitudes comprensivas y de amparar a los ladrones con el calificativo de presuntos y apelaciones a su presunción de inocencia. Llega un momento donde parece que uno se hace cómplice de sus fechorías. Cuando se conoce que el tal Luis Bárcenas, cuando era tesorero del PP, lo que atesoraba de verdad eran veintidós millones de euros (3.500 millones de pesetas para los que aún contamos así), lo que dan ganas es de salir a la calle y exigir que se aclaren las cuentas de una puñetera vez: de dónde ha salido tanto dinero, quién lo ha pagado, con quién se compartió y en concepto de qué estaban en Suiza. Y como su defensa alega que era de inversores inmobiliarios, que nos den sus nombres.
A mí ya no me sorprenden estas apropiaciones. Han sido tantas que no queda capacidad de sorpresa. Lo que sí sorprende es la catadura de sus autores: son insaciables. Si son ciertas las informaciones de las últimas semanas sobre el llamado clan de los Pujol, estamos ante un grupo organizado que amasó grandes fortunas, en los que no falta el ingrediente del paraíso fiscal. En el caso de Bárcenas, el mero hecho de refugiarse en Suiza -aunque el dinero hubiera sido lícitamente ganado- denuncia por lo menos voluntad de ocultación al fisco. Y por la cantidad revela una voracidad escalofriante.
Hay que investigar hasta el fondo, dice el Partido Popular después de una primera reacción tímida. ¡Solo faltaría que no se investigara a fondo! Y hay que saber además si hubo una trama más allá de los nombres de la Gürtel. Y hay que saber cuáles eran las artes de engaño del señor Bárcenas a don Mariano Rajoy, que era su jefe cuando se produjeron los hechos. Lo hay que saber todo, porque está en juego el honor de ese partido, está en juego su credibilidad y hasta está en juego la autoridad moral de este Gobierno, porque no es presentable que a todos nos estén apretando el cinturón mientras personas próximas y decisivas se enriquecieron hasta que el juez Ruz y la banca suiza rompieron su escandalosa impunidad.
E insisto: tiene que decir algo la autoridad tributaria. Ya que está tan lanzada a publicar los nombres de defraudadores y morosos, no creo que sea exagerado pedir que revele cuántos servidores de gobiernos o de partidos se han acogido a la amnistía fiscal. Porque tendría narices que ese perdón haya beneficiado justamente -¡injustamente!- a quienes más han escandalizado a este país; a quienes más han deteriorado el prestigio de las instituciones; a quienes han puesto por el suelo el honor de la clase política; a los grandes actores del espectáculo de la corrupción.