Rajoy había salido indemne del campo de minas del caso Gürtel. Pero puede alcanzarle de lleno la explosión retardada de una trama de corrupción que anidó en el corazón del PP en la persona de quien durante años controló sus cuentas, primero como gerente y después como tesorero. Porque fue él quien lo llevó a este último cargo, y lo amparó incluso tras estallar el escándalo. Hacerse ahora el sorprendido atenta contra el sentido común. Su supuesta ceguera ante lo que sucedía en el despacho vecino es grave. Pero lo peor es que al regularizar su situación ante Hacienda, Bárcenas levanta el velo sobre las sospechas de corrupción y lo extiende sobre la amnistía fiscal. Asumido que ese perdón quebró la igualdad, Rajoy debe esforzarse ahora en demostrar que con él no pagó favores ni compró silencios. Está en juego la confianza en las instituciones.