«Portugueses mataré, francesitos degollaré». Perdonen ustedes, es que esta mañana me he levantado con espíritu marcial y me he ido a trotar un poco por el paseo marítimo. Y mientras troto voy dándole vueltas a la cabeza sobre la manera de salir adelante en la crisis, siguiendo los deseos del ministro Wert, que quiere introducir en la universidad la asignatura de emprendimiento empresarial; bueno, pues descartado lo de la cafetería, ya sé que puedo montar: un partido político. Aunque en esto como en todo también hay que tener suerte, porque si el PP ha ganado más de dos millones de euros el año pasado, el BNG, aquí en Galicia, está quebrado y va pidiendo donativos a sus militantes. Ya me veo a mí mismo como Baltar, mangoneándolo todo. Y tal vez me llame por teléfono, digamos, Núñez Feijoo para ofrecerme un pacto y su amistad. Pero lo mejor de tener un buen partido es lo del cotillón. Yo por un buen cotillón soy capaz de cualquier cosa. Y después está lo del libro de caja, claro. Ya me he comprado una libreta para apuntar la contabilidad B y los sobresueldos. No sé cuánto poner en el sobre, que tampoco me quiero pasar. Yo creo que tres mil o así. Una cifra modesta, que uno es un político honrado. Tengo que acostumbrarme también a dar abrazos y palmaditas en la cara. Y tengo, sin falta, que aprender a esquiar. Oigan, que me estoy animando mucho, y no me llega la hora de registrar mi partido. Mañana sin falta voy. «Italianos comeré?».