Lo malo de publicar una columna de opinión los domingos es que ya todas las noticias de la semana te llegan viejas, sobadas, y así, claro, es difícil lucirse. No sé por qué las cosas gordas pasan los lunes, como por ejemplo lo del papa. Se me han ocurrido muchas cosas muy inteligentes, pero ya me las han ido pisando en la prensa y en Internet con mucho más ingenio y más desparpajo. Pues así andaba yo hasta que cayó la bomba del cielo para descubrirnos que hay una ciudad en Rusia que se llama Cheliabinsk, en la que, a pesar de nuestra ignorancia, viven un millón de personas. Parece que es un cementerio nuclear, y que la caída del bólido no ha alterado los índices -me imagino que muy altos- de radiación. La otra piedra, la gorda, ha retomado el rumbo al infinito impulsada por nuestra fuerza de gravedad, como un político que hubiera pasado rozando por el Senado. Dice Rajoy que ha incumplido sus promesas, pero ha cumplido con su obligación. Pues ya puestos que lo diga bajo palio, porque en este país todavía no podemos votar a las personas y votamos a los partidos, es decir, a los programas. En Portugal interrumpen los plenos del Congreso cantando a José Afonso, que es como si aquí cantáramos a Lluis Llach, uno de los padres de la patria, que ahora nos niega. Menos mal que vuelve Berlusconi con su cultura de puticlub de carretera y su cara de joker. Los italianos sí que van a poder votar a las personas, porque ideas? Por cierto, ¿a Rajoy el pelo se lo tiñe Viri o Alfonso Alonso?