El nombramiento de un jesuita para pontífice de la Iglesia católica me parece una buena noticia, una noticia esperanzadora. Últimamente la Iglesia, como estructura, se había instalado en un entorno de poder, de corrupción, de intrigas, de trapisondas, de situaciones y conductas injustificables y de un aferramiento a posiciones doctrinales incompatibles con la demanda de la sociedad actual. El entorno eclesiástico estaba dominado por los nuevos grupos de poder neoconservadores que impedían cualquier avance en la organización y en la actualización eclesiástica de la propia Iglesia. Afortunadamente, fuera de esas intrigas de la corte celestial hay una Iglesia social, comprometida con los desfavorecidos, abierta a los cambios y con un espíritu abierto y libre.
El respetado papa anterior, el papa emérito, nos dejó entrever lo que estaba pasando, porque en los temas que nos presentó como problemáticos todos esos intereses y grupos estaban de una manera u otra involucrados. Era la oposición entre la estructura eclesial oficial, muy política y poco social, y la Iglesia comprometida con la pobreza física y humana de los hombres y los pueblos en esta sociedad globalizada.
El hecho de que el nuevo papa, de quien poco sé cuando esto escribo, sea jesuita y latinoamericano abre un horizonte nuevo, porque procede de una experiencia personal y vital cercana con la pobreza y porque desde hace tiempo que la Compañía de Jesús ha elegido otro camino distinto que el oficial y dominante, más acorde con lo que el mundo de hoy y de mañana espera de los católicos. Ellos han entendido muy bien la libertad, la diversidad, el espíritu crítico, el compromiso social y el espíritu de austeridad que los hombres y las mujeres desean ver encarnados en la jerarquía y en los católicos. Ellos han demostrado que prefieren el riesgo de la heterodoxia que la seguridad del sometimiento intelectual, ellos prefieren pastores comprometidos que pastores-funcionarios transmisores de los criterios del poder, y que no siempre concuerdan con los de Cristo. Al menos eso es lo que a mí me parece hoy, y por eso pienso que esta puede ser la oportunidad para iniciar ese cambio que el papa emérito pidió cuando se marchó a su refugio vaticano. No esperemos grandes controversias doctrinales porque es un papa con posiciones moderadas, pero sí podemos esperar esa apertura social que la Iglesia oficial tanto necesita.