Se fueron con solo billete de ida. Son médicos, ingenieros, biólogos, camareros, albañiles, soldadores, ferrallistas. Todos menores de treinta años. No caben en una Galicia que se va despoblando hasta convertirse en un geriátrico verde en una esquina periférica del sur de Europa. Se van a un destierro económico, a un exilio no elegido. La mayoría no regresarán nunca, y su pueblo, su aldea de nacimiento será solo media línea en un currículo. Se han ido para quedarse, para iniciar otra vida lejos del lugar donde crecieron, donde fueron felices cuando niños, se van dejando atrás lo que más han querido, su matria y su familia, los amigos y compañeros, los colegas de estudios, España como proyecto, Galicia madrastra, mala madre que periódicamente sitúa a sus hijos en el cruce de caminos de los adioses, en el territorio abierto, inmenso, de la emigración.
Cuarenta y tres mil jóvenes gallegos han dejado su tierra en los últimos cinco años y muy a su pesar franquearon las puertas que dejan atrás la memoria, los afectos antiguos, la aulas donde se formaron, los proyectos inacabados, los sueños imposibles. Volverán fugazmente para abrazar a los padres, y cuando estos ya no estén Galicia solo será un recuerdo nítido, una foto fija de una tarde de playa, la memoria difusa de la lluvia matutina, una luciérnaga que se apaga, un pueblo y un idioma que se quedó varado en un lugar difuso donde se acaba el mundo.
Maleta permanente como símbolo, metáfora de una frustración reiterada, país sin país de acogida, maldición atávica por un pecado original que no hemos cometido.
Y al lado un cartel anunciando la venta, aldeas y parroquias enteras en almoneda. Vendemos los tesoros más evidentes, el legado que nos fue transmitido, lo mejor que tenemos, el paisaje. Vendemos nuestra memoria de pueblo cuando vemos partir a nuestros jóvenes y no nos quedan abrazos para despedirlos.
Cada uno de los cuarenta y tres mil adioses es un grito dramático que conmueve el corazón colectivo de Galicia, es un grito que traspasa la niebla perpetua del adiós, los sacrificios para formar uno a uno a los miles de rapazas y rapaces que eran los mejor que teníamos. El capitalismo omnívoro, la codicia infinita que se instaló para siempre en nuestra sociedad son los culpables de esta sangrante expulsión masiva. Hay que parar esta diáspora, cerrar todas las puertas, y que nunca más tenga vigencia aquella vieja pintada de un aeropuerto centro americano que señalaba que el último que salga que apague la luz. Cuarenta y tres mil adioses son demasiados sobre nuestras conciencias. No hay billetes de vuelta.