Un axioma que estimula la investigación científica es «tentativa y error». Hay que formular hipótesis e intentar desarrollarlas, aunque el final no las confirme. En el peor de los casos se aprende que ese camino ha de desecharse. Incluso en él no es sorprendente, como la experiencia corrobora, que se encuentre algo con lo que no se contaba. Es el premio al esfuerzo. Si no se intenta, no se consigue nada. Pero no es esta faceta positiva la que quisiera subrayar, sino la del error, presumiendo buena voluntad y una conducta ética en quien actúa. Todos nos equivocamos. No reconocerlo es, como mínimo, estulticia. La realidad, cuando no los demás con mejor o peor intención, se encargará de recordárnoslo, y nosotros si hacemos un repaso de nuestra particular historia. No tenemos la posibilidad de rebobinarla; pero sí de rectificar para el futuro. Eso implica, en buena ley, que no nos consideramos orgullosos de la equivocación y cuando afecta a otros lleva a pedir, al menos, excusas. Se obtendrá o no comprensión, pero se gana en humanidad y se rinde tributo a la justicia.
Todo eso es aplicable a cualquier situación, pero en la vida pública parece más arduo, si echamos un vistazo al panorama. No es normal que un político admita que se ha equivocado. Enfrascados en el combate partidario, reconocerlo sería dar bazas al adversario, que pretende dañar la imagen de quien ostenta el poder con la intención de ocuparlo. Existe como una necesidad de presentar una hoja de ruta inmaculada, en la que todo encuentre una razón de ser, para lo que se cuenta con el esfuerzo de profesionales de la comunicación, cuando no se tapan las incoherencias con las del contrincante, que se encuentra en una situación análoga. Precisan transmitir seguridad, un valor siempre cotizable y más en las circunstancias de inestabilidad de una crisis. Los ciudadanos son conscientes de ellas. ¿Hasta qué punto es imprescindible sostener que todo discurre exactamente como se había pensado?
No es cuestión de realizar una detallada relación de cómo las cosas no están ocurriendo de la manera deseada. Basta remitirse a la realidad. Otra cosa es reconocerlo. El resultado de las elecciones generales fue una clara manifestación de los ciudadanos en contra de esa falta de reconocimiento. No se dieron excusas, ni menos se pidió perdón por haber prolongado una situación cuyo afrontamiento, tal como exigía la Unión Europea, iba en contra de las personales convicciones. En asuntos que han dado ocasión a manifestaciones estos días en las calles hay muchos actores que deberían pedirlo, aunque a veces los manifestantes también se equivoquen en los objetivos de su malestar. Por eso, cuando alguien pide perdón a los ciudadanos es digno de elogio. Por pedirlo, don Juan Carlos no ha perdido dignidad, ni prestigio. Lo importante de un acto de esta naturaleza es la voluntad de rectificación. La acaba de practicar Núñez Feijoo con la llamada Ciudad de la Cultura, que tiene varios padres.