L. Q. E. C.

Ramón Pernas
Ramón Pernas NORDÉS

OPINIÓN

27 abr 2013 . Actualizado a las 07:00 h.

En la Semana Santa de Málaga existe un lábaro, o pequeño estandarte, popularmente conocido como spor, que desfila en todas las procesiones. Su nombre corresponde a las siglas de Senatus Populusquae Romanus, SPQR ("Senado y pueblo romanos"), que los malagueños hicieron suyo desconociendo su significado.

No sucede lo mismo con las siglas que dan título a esta columna y que corresponden a la frase, reiterada hasta la saciedad, «la que está cayendo». Perejil de todas las salsas, principio y fin de todas las conversaciones, la frase más repetida en España, incluso por escrito, a lo largo, al menos, de los últimos doce meses.

Es la foto fija de una situación insostenible que exigiría la dimisión del presidente del Gobierno y de todo su Gabinete, incapaz de atajar los males que ya comienzan a ser endémicos. Hoy el dato, el peor de los datos, eleva a casi dos millones los hogares españoles con todos los miembros en paro, en una contabilidad perversa de seis millones doscientos y pico mil parados.

La que está cayendo es el nuevo eslogan de la resignación, el «éche o que hai» elevado a la enésima potencia, cuando nos hemos dado cuenta, por fin, de que la luz que se ve al fondo del túnel es la de un tren alemán que viene de frente.

Somos muy dados a los latiguillos conversacionales. En un pasado reciente era frecuente escuchar, como tesis de todólogos, tertulianos y demás escribas, que lo que nos sucedía acontecía porque estábamos viviendo por encima de nuestras posibilidades, tesis primaria que encubría y justificaba los incrementos -Bruselas/Berlín dixit- de IVA e IRPF y los recortes en sanidad, educación, del Estado social, del espejismo que dimos en llamar cultura del bienestar.

¿Quién vivió por encima de sus posibilidades? Los directivos de la banca y cajas de ahorros, la clase política sin excepciones. No la sufrida clase trabajadora o la abnegada clase media, obligada por decreto ley a pagar varias veces la vajilla hecha añicos, los platos rotos.

Y en el glosario de urgencia de frases célebres nacidas de la crisis económica no podemos olvidar la que asegura que «se acabó la fiesta», que no quiere decir otra cosa que terminó para los mismos, para los de siempre, para los que se quedan mirando a la orquesta y aplauden al final de la verbena, que no son otros que los que pagan los músicos y bailan al son que les tocan.

Todas estas expresiones no son gratuitas ni casuales, nacen en un laboratorio oscuro, que fabrica para el poder consignas que van de boca en boca, rodando como la falsa moneda de la copla para justificar que la culpa de todos los males que estamos sufriendo es solo de quienes los padecemos.