Como diría Frank de la Jungla, sois unos cagaos. En este país todo el mundo ha hecho lo que ha querido: ir a las puertas del los juzgados a gritar insultos y amenazas a las folclóricas con la benevolencia de la policía, por ejemplo. O a las clínicas donde se practican abortos a lo mismo, sin entrar en mayores consideraciones. O al fútbol juvenil a amenazar a un árbitro de diecisiete años porque el susodicho ha soplado por un pito en un momento indeseado. O rajarte las ruedas para informarte de una huelga. O, en fin, la maté porque era mía. Y nunca, oye, nunca han sacado a mil cuatrocientos policías a la calle. Ahora en cambio tienen miedo porque los ciudadanos los hostigan sin razón y contra la democracia. Porque los españoles atentan contra la soberanía popular de las listas cerradas y los políticos eternos; de la alcaldesa de Madrid que nadie ha votado para el puesto, por ejemplo. La falta de civismo y de comprensión de más de seis millones de parados hacia un colectivo al que no ha llegado todavía el paro ni los recortes, que se mofa de la crisis duchándose en agua fría en entusiasta solidaridad con su estimulante circulación sanguínea.
Pero en esta nación existe un código penal para ser aplicado a quien cometa actos de violencia. Y todo lo demás es la cobardía y la falta de vergüenza de una clase política que se tiene que proteger de los ciudadanos que representa con porras y gases lacrimógenos. Que en definitiva sigue gobernando de espaldas al tan cacareado pueblo soberano.