En nada se parece al viejo profesor, a don Enrique. Cambió el sosiego por la ira, se atraganta con las palabras, las escupe. Se está mimetizando con Beppe Grillo, idéntica cabellera encanecida, misma barba de varios días, semejante discurso. No tiene partido, ni sede, ni estructura. Acaso un programa de mínimos que justifica su plataforma frentista a caballo de los griegos de Syriza y los grillistas italianos.
Viene de la destemplanza y la provocación, de Franz Fanón y el colonialismo africano aderezado con citas de Camus.
Sabe mucho de márketing político, conoce al milímetro la repercusión mediática de sus actos, de sus performances parlamentarias, de la dimensión perfectamente calculada de los tiempos en la política.
El anciano líder hace guiños permanentes a la tropa de mozos que votan su opción orillando el sistema, a los cansados del discurso bipartidista, a los que buscan en la praxis política una cultura de happening. Llega tarde, su protagonismo ya entró en tiempo de descuento, y el anciano líder piensa mientras ejecuta al piano la suite Karelia de Sibelius, al fin un músico nacionalista que, en una república socialista de Galicia, sería, sin ninguna duda, elegido presidente.
Mientras tanto utiliza los shows mediáticos como argumento. Se equivoca. Atrás queda su bagaje intelectual de urgencias, su obra referencial llena de atrasos, sus gracietas emulando al último presidente estalinista de la extinta Unión Soviética.
Podría haber sido una de las voces altermundistas desde Galicia. Podía haber realizado aportaciones teóricas al debate de este final de etapa.
Optó por otra fórmula. Quien amó la belleza, quien eligió un nombre acuñado por el patriarca Pedrayo como divisa de su hogar, cae con inusitada frecuencia en la descalificación y el insulto.
Porque el presidente de todos los gallegos no es un mamarracho -adjetivo antiguo y casposo- ni mucho menos un narcopresidente. Las palabras, como las pistolas, también las carga el diablo, y hieren como balas.
El Parlamento gallego no es la Cámara de Ankara, ni la Asamblea de Caracas. Hay unas reglas del juego consensuadas que exigen el respeto debido. El mejor argumento, el más sólido, el más adecuado es el que está conformado por la palabra, el que excluye el grito. El viejo líder lo sabe bien. Acaso le resulta difícil contemplar que la normalidad democrática es desde hace tiempo una realidad. Nada que ver con el viejo profesor, con don Enrique.