Contra todo pronóstico, un periódico del norte de Europa, de uno de esos países que están a una distancia misteriosa y pendular, lejanos y cercanos, dedicaba elogios a los ciudadanos de España. Extrañamente, no alababa la pericia con las tijeras ni se maravillaba con el sometimiento al yugo de las macrocifras. Se preguntaba cuánto más podrían aguantar los españoles. Y hablaba de una especie de dignidad para soportar la humillación sin ceder a oportunistas ensoñaciones filonazis, que invitan a convertir en bestia al que ha sido mordido por la bestia de la crisis. Es cierto. Aquí no hay un Amanecer Dorado. Pero sí un anochecer oscuro. Y humillante para muchas familias que nunca habían imaginado que acabarían a la cola del sistema, esperando un plato de comida.