Para que no haya equívocos, deseo dejar claro desde el principio que, si hay que elegir entre Mariano Rajoy y José María Aznar, me quedo con Rajoy, y no tanto por los méritos de nuestro paisano como por la memoria de acritud sectaria que dejó el expresidente. Sin duda, habrá quien le agradezca a Aznar su permanente disponibilidad o su favorable disposición para volver, pero yo no me encuentro entre ellos, entre otras cosas porque aún no he olvidado aquel dedo acusatorio con el que nos señalaba desde el televisor y con el que literalmente parecía querer horadar una pantalla que semejaba protegernos. No, yo no echo en falta aquellos autoelogios interminables y amenazadores para el discrepante.
La realidad es que, en este regreso al primer plano de la política nacional, Aznar puede acabar por descubrir lo que menos desea: que casi nadie lo echa en falta. Creyó que su alarmismo tendría una buena acogida en una sociedad alarmada, pero se equivocó en el remedio, porque una sociedad inquieta o desasosegada lo que de verdad desea es una política apaciguadora y eficaz. De hecho, tenemos ya completo el cupo de indignados y exaltados (de uno y otro signo) y lo que nos faltan son acuerdos viables y sensatos para ir superando nuestras dificultados y enmendar los yerros. En este sentido, un acuerdo mayoritario (PP, PSOE, CiU, PNV y UPyD) sería muy estimulante, siempre que no fuese fruto de un chalaneo. La casi unanimidad parlamentaria sería muy positiva para defender la posición de España en el Consejo Europeo de junio y en otros foros. Y sería un ejemplo para países como Italia, que han tenido que pasar por un payaso como Beppe Grillo para sentir de nuevo la decepción e intentar ahora deshacer el entuerto.
Sin embargo, la salida a la palestra de Aznar creo que no ha tenido más que efectos benéficos. De entrada, su arremetida ha conseguido que muchos populares indecisos hayan descubierto las bondades de Rajoy y que los no populares hayan valorado favorablemente que en este momento no esté él al frente del Gobierno.