Es mucha casualidad que, cuando todavía no se han apagado los gritos de los pueblos del norte de África y Oriente Medio pidiendo más libertad y democracia frente a los dictadores, cuando el conflicto sirio está en plena ebullición, surge la crisis turca que, con el pretexto de una modificación de la plaza Taksim, forma un frente antigubernamental con miles de ciudadanos que no están de acuerdo con la deriva islámica de Erdogan.
Según me han informado personas que esos días visitaban Estambul, las fuertes revueltas populares estaban siendo silenciadas al exterior, pero había miles de heridos en los enfrentamientos con la policía y gentes que apoyaban al Gobierno. Las revueltas populares denotan un profundo malestar civil porque no están de acuerdo con las nuevas reglas islámicas, alejadas de la tradicional política europeísta de Atatürk.
Podemos asistir así a otro intento de islamizar un país moderno, con la correspondiente confrontación civil que considera que ello les hará retroceder. Eso es lo que hay detrás de la crisis turca. Es lo mismo que está sucediendo y ocurrirá en otros países como Túnez o Egipto, en la inacabada primavera árabe, donde las gentes ansían más libertad y democracia.