Desde su presentación en el balcón de las dependencias vaticanas, el actual sucesor de san Pedro en la sede de Roma, como suele identificarse, no ha dejado de impactar. Los detalles que lo testimonian son de tan público reconocimiento que no resulta exagerada esa afirmación. Hasta la referencia a su persona supone novedad. No es cuestión de familiaridad ineducada llamarle por el nombre que eligió como santo y seña, nunca mejor empleada la expresión. Al ser el primero en utilizarlo, no hay otro modo de hacerlo. Esa circunstancia estimula la cercanía a la que él mismo invita con el estilo de vida que ha elegido para ejercer su ministerio. Aunque los criterios propios de los sistemas políticos democráticos no son congruentes ni apropiados para valorarlo, desde ellos resulta fácil la sintonía con los gestos en que se manifiesta. No parece que sea necesario enumerarlos ya que han tenido una repercusión mundial y una inusual aceptación general entre creyentes y no creyentes. Son expresión de una manera de ser, y también de entender su función pastoral. Pone su personalidad y su trayectoria al servicio de la misión para la que ha sido elegido en uno de los cónclaves más breves de los últimos tiempos, como han hecho sus predecesores.
La autenticidad que se desprende de su modo de actuar está siendo la pedagogía más eficaz para sus mensajes. Crea el clima para introducir reformas en estructuras consolidadas en tiempos que no se corresponden con el que estamos viviendo. No ha habido precipitación en incoarlas, ni tampoco en realizar nombramientos. El comportamiento personal de Francisco va indicando qué es lo fundamental y disponiendo los ánimos para que nadie se enquiste en las estructuras y así se evite la predisposición a hacer carrera en ellas. Va por delante, renunciando a atavíos cargados de historia, sin enjuiciarlos. La permanencia en la casa de Santa Marta, donde se reunieron los cardenales durante el cónclave, es recordatorio de su mensaje para quienes tienen la misión de ser pastores. Han de estar cerca de la gente a su cuidado. De todos, muy especialmente de los pobres y los marginados y desfavorecidos, ya que no en vano ha tomado el nombre del poverello de Asís.
La cercanía que Francisco busca se manifiesta en los temas en que insiste y en el lenguaje que emplea. El continente de donde procede lo favorece. No rehúye la espontaneidad; se encuentra cómodo con ella. Los giros y las frases llegan, por eso, con facilidad a todo el mundo. Abandona lo previamente escrito. Las intervenciones formales por razón de la liturgia están cerca de la homilía de un buen párroco. Ha recordado lo que es contrario a la naturaleza humana. Las injusticias sociales en este mundo globalizado, en el que ha aumentado la diferencia entre ricos y pobres, y el escándalo de la corrupción, han sido objeto de denuncia frecuente en términos de resonancia evangélica, que remueven las conciencias. Son cien días, pero Francisco está dejando ya su impronta.