La importancia del espacio común

Xaquín Álvarez Corbacho
Xaquín Álvarez Corbacho LÍNEA ABIERTA

OPINIÓN

Desde una perspectiva económica, vivimos en sociedades articuladas en dos grandes espacios que interaccionan entre sí. Uno es el espacio privado (mercado), donde la actividad productiva y el intercambio voluntario de bienes y servicios son intensos y extensos. El otro es el espacio común, también llamado sector público o espacio civilizatorio. Ambos espacios generan y reproducen contradicciones, dinámicas e intereses distintos. El mercado funciona maximizando beneficios y utilidades, además de concentrar cosas (rentas, riqueza, población, inversiones, capital humano, etcétera). El espacio común aporta determinados bienes y servicios, redistribuye rentas, estabiliza la economía e incentiva su crecimiento. Todas estas cuestiones se explicitan en las sociedades democráticas mediante pactos constitucionales, valores morales y estructuras políticas y económicas sólidas que favorecen el bienestar y una convivencia ordenada.

El espacio común se nutre de recursos que proceden del espacio privado (familias y empresas), a través de un sistema tributario, y los devuelve posteriormente en forma de servicios, salarios, inversiones y prestaciones económicas. Las razones que justifican la provisión de ciertos servicios por el sector público, se fundamentan en la experiencia, el acuerdo y el error. Así, la educación básica debe ser pública porque las democracias necesitan, para su reproducción, de ciudadanos educados en valores cívicos y democráticos. Y eso lo garantiza la escuela pública. El sistema público de pensiones supera al mercado a la hora de resolver las incertidumbres asociadas a la cuantificación del ahorro necesario para satisfacer el consumo futuro del jubilado (años de vida, situación familiar, mercados financieros volátiles, gestión deficiente o quiebra de fondos, etcétera). Y también existe consenso social para calificar a la sanidad pública como la joya del espacio común. Porque la sanidad pública maximiza la salud de la población al mínimo coste posible (en España, el 6,3 % del PIB). Es el sistema más eficiente. La sanidad privada falla cuando atiende a una persona sin recursos suficientes. En ese caso su salud puede empeorar. O se arruina ante una larga enfermedad. Los hospitales de beneficencia y los seguros médicos complementarios tampoco resuelven el problema. Además, la sanidad privada multiplica por dos o por tres el coste total que ofrecen los países con sanidad pública extensa.

Los políticos deben recordar que en el espacio común mandan y deciden los ciudadanos. Y por eso están obligados a obedecer y rendir cuentas. En las próximas elecciones autonómicas y generales estas cosas serán prioritarias, explícitas, descarnadas. Y confiamos en que algunos aprendan de una puñetera vez esta elemental lección democrática.