La carrera de Andy Murray varió de rumbo hace año y medio cuando su entorno convenció a Ivan Lendl para que lo entrenase. El círculo cercano del escocés deseaba que le inculcase la fórmula que en el pasado lo había llevado de aspirante a eterno segundón a convertirse en una leyenda. Lendl solo necesitó una clase para alumbrar el éxito de su nuevo discípulo. En ella le transmitió que los errores no se curan con lamentos, sino a base de trabajo; que la gloria se encuentra en el sudor de uno mismo; y que el sacrificio alivia el peso de la conciencia. Bajo esa receta, Murray barrió ayer a Novak Djokovic de la hierba del All England Club. Un talento no hace mucho abocado al fracaso saboreó como nadie su triunfo en Wimbledon. A veces el deporte deja estas lecciones de vida.