El pasado 24, cuando a la tarde alargada del verano cuesta diluirse en la sombra de la noche destinada a iluminarse con la luz de fiesta en Compostela, surgió lo imprevisto en forma de catástrofe. Quedará agregado como el 24-J a las otras fechas de nuestra historia colectiva que no necesitan mayor concreción para ser recordadas. Vidas truncadas inesperadamente, a punto de llegar a los destinos previstos. De repente, lo programado perdió su sentido. Colaboraciones en prensa que se referían a cuestiones pretendidamente de actualidad resultaron extrañas, como meteoritos caídos de una galaxia ignorada. Mensajes elaborados para la ocasión de la fiesta oficial adquieren de pronto un sorprendente realismo. Ciertamente «mulleres e homes que pasan a vida dun xeito discreto en calquera recuncho da nosa terra inflúen decisivamente na Historia». En este luctuoso suceso fueron, son, los vecinos de Angrois. Han accedido a las primeras páginas de los diarios del mundo global con reconocida admiración. La cara buena de la solidaridad que asoma en las catástrofes, por las que no debiéramos ser conocidos.
Es inevitable preguntarse por qué ha sucedido. Habrá que esperar a que se despejen los interrogantes que suscita un accidente que ha golpeado de un modo tan fuerte los sentimientos. Además de la respuesta concreta sobre la causalidad del accidente, ese día invita a la reflexión. Asuntos personales que nos parecen fundamentales se relativizan. No somos plenamente dueños de lo que proyectamos. No se trata de caer en un estéril escepticismo, sino aceptar, al menos, la realidad como terapia. Especialmente necesaria para quienes tienen responsabilidades públicas. Existe una tendencia peligrosa a configurar la realidad, a adaptarla a las propias aspiraciones, a acomodarla a previas posturas cuestionadas, a construir una imagen e incluso a rediseñar la propia vida. Se transmite una seguridad apabullante en hojas de ruta sometidas, sin embargo, a rectificaciones que aquella actitud impide reconocerlas como tales. No hay más verdad que la que resulta en cada momento de los sondeos. A ellos se supeditan convicciones y valores. La sinceridad resulta calculada. Golpes de populismo cubren promesas cuyo cumplimiento se retrasa. Para no salir de los carriles del suceso, cuántas veces no se ha jugado con la fecha de terminación del AVE. No tengo la menor duda de que la solución mixta buscada para ese entre tanto que se fue alejando responde a criterios técnicos solventes. Pero ¿no deja la duda de que el riesgo, que nunca es cero, aumentaba? No fue un atardecer cualquiera. Era antesala de lo que oficialmente se llama Día de Galicia con pretensión de identificarnos. Así debiera ser, más que un compromiso en el que domine la asepsia de la forma. Con una historia completa, sin monopolios, selección, ostracismos; sin petulancia. Qué nos va quedando. El Camino de Santiago mantiene su vocación universal. Continúa más allá del finis terrae de A Grandeira.