Esta columna no aborda la polémica sobre las medidas de seguridad para garantizar la integridad del pontífice. Tema debatido desde los preparativos de la Jornada Mundial de la Juventud y reabierto por las imágenes de su llegada a Río de Janeiro. Se dijo que no era el coche apropiado, el portavoz del Vaticano declaró que existió «un pequeño error» de ruta. Pero el papa no está en sintonía con la discusión. En su cuenta en Twitter, ese día, inserta este mensaje: «Gracias. Gracias. Gracias por la magnífica acogida». Es obvio que no teme por su seguridad. Por el contrario, se muestra agradecido a la multitud que se abalanzó sobre su coche y le impidió avanzar. El papa se opuso a un papamóvil blindado, exigió el contacto físico con la gente y eligió escenarios y visitas de difícil control. Así, su seguridad no queda anulada pero sí condicionada a los fines que pretende en su visita a Brasil y su encuentro con los jóvenes. Si le preguntásemos ¿qué es prioritario: su vida o su misión?, contestaría, sin duda, que lo segundo. El riesgo de atentado forma parte irrenunciable de su labor pastoral. Es lógico que a nosotros nos preocupe. Es deber de las autoridades tratar de evitarlo. Pero para él, lo importante es anunciar su mensaje cristiano de esperanza. Francisco es sucesor de Pedro y este, en el último encuentro con el Resucitado, recibe la siguiente admonición: «Cuando seas viejo extenderás tus manos, otro te ceñirá y te llevará adonde no quieras. Y añadió: Sígueme». Fiel a ello, la seguridad que pretende el papa es la certeza de cumplir su misión.