Los 79 muertos, el centenar de heridos, los familiares cuyas vidas han quedado destrozadas para siempre, los que se salvaron por fortuna, los héroes solidarios, incluso los que no subieron al maldito tren, exigen una investigación exhaustiva, sin restricciones ni límites, de las causas del accidente. Hace siete años, en otro julio marcado por el horror, me tocó cubrir el desastre del metro de Valencia, que costó la vida a 43 personas. Las víctimas y los sindicatos sostuvieron desde el principio que si se hubiera instalado una simple baliza el convoy habría frenado, evitando así el descarrilamiento en la curva de entrada a la estación de Jesús. Aunque la Generalitat valenciana insistió en que el siniestro se debió únicamente a un error humano y en que la línea era segura, solo dos meses después instaló 14 balizas a lo largo del túnel, una de ellas en la fatídica curva. Siempre han existido fundadas sospechas de que hubo graves deficiencias estructurales que se taparon por motivos políticos. Un reciente programa televisivo así lo puso de manifiesto, denunciando graves irregularidades cometidas por el Gobierno valenciano para enterrar el caso. La Fiscalía pidió hace dos meses la reapertura de la investigación judicial, que se archivó en su día atribuyendo la responsabilidad al maquinista muerto.
Cuento esto porque, ahora que se está a tiempo, debería evitarse por todos los medios que la catástrofe de Angrois se salde solo con la inculpación del maquinista, y no se investiguen todos los elementos que han podido contribuir a la tragedia -por más que haya existido un fallo humano-, especialmente si los sistemas de seguridad eran los adecuados. No es lógico fiarlo todo a una sola persona, cuando existen tecnologías de frenado automático que no estaban operativas. Los paralelismos entre los accidentes de Valencia y Santiago son inquietantes. Esperemos que no los haya en la forma de investigar lo sucedido. Las lecciones del mayor accidente de metro de la historia de España no deben caer en saco roto. De la conmoción y el espanto, hay que pasar a la seriedad y el rigor para determinar los hechos, teniendo siempre muy presentes a las víctimas. Sin prisas, pero sin pausas. Y sin que los intereses políticos y empresariales impidan saber la verdad.