En julio dijo que estaba orgulloso de él. Ivan Lendl fue feliz al ver cómo el Wimbledon de este año se lo llevaba Andy Murray, al que entrena. El que fue un tenista de hielo y ganó varios títulos de todos los grand slam jamás lo consiguió en el All England Club. Cinco veces semifinalista y dos veces finalista para nada. El hombre que reinó en los ochenta perdió en el partido clave contra Boris Becker y el disparo de su saque y contra Pat Cash, un australiano mucho peor tenista que Lendl. Así fue que su alegría por que Murray no cayese por segunda vez en la final de Wimbledon fue inmensa. Pero las cifras cantan y los números demuestran que los partidos a vida o muerte se deciden por muy pocos puntos. Aunque Djokovic estuvo mal, llegó a ir dos veces por delante de Murray. Pero fue la frialdad que parece que le ha contagiado su entrenador, Lendl, y la firmeza de su primer saque lo que le hizo rehacerse y cumplir el sueño británico de que el torneo quedase en casa nada menos que 77 años después de que ganase Fred Perry. Fred Perry, el hombre que pasó del tenis a Hollywood y que tras ganar tres veces Wimbledon se dedicó a sus romances. Andy Murray ya es una realidad. Atrás queda el tiempo en el que le faltaba dar el último paso.