El caso Rajoy

OPINIÓN

05 ago 2013 . Actualizado a las 07:00 h.

El día 1 comenzaban las vacaciones para muchos. Al menos para los diputados, si se toman como indicio las maletas dispuestas en el Senado para partir de inmediato a los destinos programados. No vale la pena detenerse en cuestiones secundarias de las que se alimenta la pobreza de los debates parlamentarios. El dato cierto es que el presidente compareció para dar explicaciones, en lo que pudiera afectarle, sobre un asunto que se encuentra en vía judicial, en el que está imputado el exgerente del PP. Era ineludible la comparecencia por la percepción que del asunto se había extendido en la opinión pública, singularmente en alguna publicada, la beligerancia de la oposición, la repercusión en los medios internacionales y su posible incidencia en los nuevos señores feudales que son los mercados o sus orientadores.

El discurso de Rajoy, muy bien calculado, tenía como principales objetivos tranquilizar a Gobiernos y mercados y animar a los miembros de su partido. Esos fueron realmente los destinatarios del discurso. Con su clara manifestación de que no dimitiría, ni convocaría elecciones, consiguió el primer objetivo. La convocatoria es interesadamente reclamada por IU y por UPyD, que ven aumentar las posibilidades de mejora en los sondeos, con la esperanza de poder participar en Gobiernos de coalición. Esa misma posibilidad es lo que hace imposible su pretensión en el ánimo mayoritario de los ciudadanos. Ni el propio PSOE está realmente por esa labor; no se encuentra en condiciones, incluido el liderazgo, de hacer frente a esa hipotética eventualidad. Para el segundo objetivo, Rajoy tuvo que cargar dialécticamente con eficacia sobre el líder de la oposición, en un cuerpo a cuerpo que enardece a las bancadas partidarias.

El presidente montó su discurso sobre los hechos más favorables para su tesis. Estaba en su derecho. No podía declararse culpable porque no tiene obligación de reconocerlo y es función de la Justicia. Se ha cuidado de reiterarlo. Pudo cometer un error al mantener una confianza en el ahora imputado, pero «no el delito de encubrir a un presunto culpable». Ha hablado con la convicción de que el veredicto judicial no declarará su culpabilidad. Se libera así de tener que volver a manifestarse sobre el asunto. De paso ha dejado prácticamente inservible una posible moción de censura, de nula eficacia, que se justificaba para forzar la comparecencia que ya se ha realizado. Y por lo que respecta a posibles candidatos a sustituirlo, ha quedado claro que no es momento para moverse.

Lo que está sucediendo mira al futuro. Será cuando pueda plantearse el caso Rajoy, parlamentariamente solventado, aunque no cesará la labor de desgaste por quienes la han comenzado. Entonces decidirán los ciudadanos a los que el presidente no se ha dirigido directamente. El encomiable «me equivoqué» habría de decírselo sin el apoyo de ningún papel. Lo que estará en juego será la confianza. Con su intervención, Rajoy ha ganado tiempo y salvado la pausa de agosto.