H ace ya algunos años, uno de mis muchos sobrinos colgó en su blog sobre gastronomía un interesante juego: de entre una relación de fiestas gastronómicas falsas el lector debía encontrar una verdadera. Entre ellas figuraban la fiesta del guisante relleno de ciervo, la de exaltación de la gominola de fresa o la del rabo de pasas, por citar solo algunas. Transcurrido el tiempo, sigo dudando cuál de ellas era la verdadera.
La cuestión viene a cuento de la proliferación de este tipo de celebraciones en nuestro país y, sobre todo, de la escasa relación entre muchas de ellas y la tradición y cultura del lugar donde surgen. Veamos, frente a las tradicionales fiestas del pulpo, la empanada o el marisco, me he encontrado en los últimos tiempos con una serie de fiestas que me tienen totalmente desconcertado. Tenemos, por ejemplo, la fiesta de la paella, del langostino a la plancha o del gazpacho, que, o mucho me equivoco, o nada tienen que ver con sus lugares de celebración. De seguir así pronto celebraremos la fiesta del sushi al espeto o del cerebro de porco al curry.
En su origen, las fiestas gastronómicas estaban destinadas a difundir los productos tradicionales de la zona, y así lo han hecho durante años; sin embargo, en la actualidad muchas de ellas han pasado a ser una degustación insulsa de productos de hipermercado. Para situar mi posición, les diré que nada tengo en contra de los productos de fuera, de hecho casi todo hoy es Made in China, pero no estaría de más recuperar el verdadero sentido que las fiestas tradicionales gallegas han tenido siempre.
Es verdad que el fenómeno no se restringe únicamente a la gastronomía y se difunde cual epidemia. Si lo piensan, durante la temporada estival gallega uno puede encontrarse en una semana con numerosos piratas, varios vikingos y romanos, así como con decenas de artesanos medievales de oficios varios, aunque sea una lástima que no los podamos diferenciar de los que acuden, por poner un ejemplo, al Puerto de Santa María o a Tordesillas. No seré yo quien cuestione nuestras fiestas gastronómicas, ni tampoco la afición a disfrazarse; entiendo, perfectamente, que es una manera de dinamizar los pueblos y sus efectos económicos son importantes. Simplemente echo de menos que una cultura tradicional mucho más próxima, la cultura rural de nuestros abuelos, esté prácticamente ausente de nuestras celebraciones festivas. Piénsenlo, la gente no acude a la fiesta de la malla, que recrea un maravilloso ejemplo de trabajo cooperativo en el mundo rural, pero concurre en masa cuando se trata de la exaltación del guisante relleno de ciervo. ¡Cielos!, seguro que me perdí esa parte de nuestra historia.