El convergente catalán Miquel Roca Junyent sostiene que, además de ajustes y de medidas que estimulen la economía y la creación de empleo, necesitamos un discurso que nos dé confianza y que dote de sentido el sacrificio que se nos pide para lograr un futuro mejor. Este discurso es ahora imprescindible, porque las dificultades están ahí y las soluciones son costosas y conllevan enormes sacrificios. Pero la reflexión, ¡lástima!, no acaba de aflorar ordenada en el seno de la contienda política en la que sobrevivimos.
No se trata de ceder al voluntarismo ingenuo o al exceso de optimismo. Se trata de llamar a las cosas por su nombre. Decir que saldremos de la crisis y que recuperaremos la senda del bienestar, pero también que nada de esto sucederá sin los esfuerzos que exige de nosotros. No hay que remontarse a los grandes llamamientos al sacrificio de Churchill o De Gaulle para saber de qué hablamos. Lo importante es acreditar que los sacrificios tienen sentido y conducen al logro. Fraguar este discurso debiera ser la gran ocupación de nuestros dirigentes. Porque no se trata solo de facilitar datos o de enredarse en debates. Se trata de superar la crisis. Y este objetivo de victoria es el que debe movilizarnos.
El espectáculo de unos políticos enredados en sus propias batallas es deprimente. La gran causa nacional pasa por una disposición de acuerdo por parte de todos en la lucha contra los males que padecemos. Como decía Roca en su artículo de llamamiento, «el realismo y los ajustes no son incompatibles con el discurso de la confianza en el país y en nosotros mismos». Y así es. Porque el sacrificio tiene sentido cuando conduce a la solución de un problema o a la rehabilitación de un estatus, en este caso social y económico. Lo contrario -la fragmentación y la disputa cortoplacista- está de más.
¿Podemos aspirar a que nuestros políticos pongan sus ojos en una meta tan razonable? Pareciera que no. Por su propio bien (que también cuenta), deberían concordar en el discurso, para hacer asumibles los sacrificios. La ciudadanía ha demostrado ya su entereza frente a la crisis. ¿Por qué no han de mostrar grandeza los políticos?