¿Puede la comunidad internacional permanecer impasible ante las flagrantes violaciones de los derechos humanos que, en situaciones de conflicto interno, se producen de forma recurrente en algunas partes del planeta? Es esa una pregunta decisiva, teniendo en cuenta los desastres a los que suele conducir la política del avestruz practicada por las democracias occidentales ante matanzas que han sido, en ocasiones, verdaderos genocidios.
En 1994, militares y civiles hutus asesinaron a cientos de miles de tutsis en Ruanda (entre medio millón y un millón) mientras países que protegen con legislaciones rigurosas los derechos de los animales se mostraron incapaces de frenar una carnicería estremecedora, quizá porque las víctimas, y sus verdugos, eran negros y muy pobres. Pocos años después, y mucho más cerca de nuestras tranquilas democracias, la guerra de la ex-Yugoslavia volvió a implantar en el centro de Europa, entre 1999 y el 2001, terribles episodios de limpieza étnica y a demostrar la impotencia de los gobernantes democráticos para poner fin a tan increíble masacre: fue aquel, de nuevo, un ejemplo de estolidez y cobardía ignominioso.
La obviedad de que la comunidad internacional debería haberse injerido desde el principio en las guerras civiles de Ruanda y Yugoslavia, lo que hubiera evitado el sufrimiento y la muerte de cientos de miles de personas, en su inmensa mayoría civiles, no resuelve, sin embargo, el gran problema de cuándo hay que interponerse desde fuera en un conflicto para detener sus efectos devastadores sobre la población no combatiente, ni, tampoco, el problema que aparece encadenado con el primero íntimamente: para qué intervenir. Fiascos formidables, como el del derrocamiento del régimen de Sadam Huseín en Irak, ponen de relieve la necesidad de medir muy bien tiempos, fuerzas y objetivos, para no acabar provocando más daños de los que se tratan de evitar.
Hay muchos motivos para pensar que un ataque en Siria, con el objetivo de frenar la matanza del criminal régimen de Al Asad contra su propia población, tiene muchas posibilidades de convertirse en un segundo Irak, pues Siria es no solo el centro geográfico y político de un verdadero polvorín, sino una pieza importante en el tablero este/oeste, como lo prueba el veto ruso en la ONU a cualquier intervención.
Pero que Obama y Cameron deban pensar en algo más que en cómo influirá atacar a Al Asad en su valoración política interna en Estados Unidos y el Reino Unido es una cosa y otra muy distinta que el mundo democrático carezca no solo del derecho sino también de la obligación de utilizar todo su poder diplomático y económico para cortar de una vez al escándalo de que un gobernante asesine a docenas de miles de sus súbditos con el único objetivo de seguir en el poder.