Queridos niños que no leeréis esta columna: se os han acabado las vacaciones y en un par de días volvéis al colegio; ya lo siento. Traéis el cuerpo lleno, por fin, de verano, de sol, que ya era hora. Quizá traéis también amigos nuevos, un amor. Y volvéis al mundo que vuestros padres y sus vecinos, es decir, los ciudadanos, os han preparado para pasar un nuevo y largo invierno. Lo que se viene en llamar el colegio, el instituto. En vuestro mundo apasionante y autárquico se cuelan cosas extrañas, un constante ruido furioso que no entendéis -vosotros que lo entendéis todo- porque no os interesa, y hacéis bien. Se trata, ya sabéis, de la crisis, de Bárcenas, de los catalanes, de Gibraltar, de los incendios, de la corrupción. Pero vuestro mundo es mejor. En vuestro colegio no os tiran de las orejas y os dan capones porque habláis, como hacían con nosotros vuestros abuelos. Ser niño nunca es fácil. Pero ahora es menos difícil que antes. Mi madre, que es de la escuela de Truffaut, cree que sois las grandes víctimas de la sociedad, pero no tiene razón. Yo le digo que vuestros padres os conocen mejor que a nosotros los nuestros, y que os quieren, y que los malos tratos son casos aislados. Por eso os escribo. Para daros ánimos en el nuevo curso y para que prestéis atención. A lo que os cuentan vuestros profesores, pero también vuestros compañeros. Para que prestéis atención a la vida en la que -aunque a veces lo creéis- no estáis vosotros solos.