L a nueva ola de racismo que se ha desatado en Francia, esta vez desde la izquierda, merece la más absoluta repulsa. Cada cierto tiempo surgen voces que atacan a las minorías étnicas o las defienden con vehemencia moral en actitudes ambas de tufo racista. Yo no puedo estar más en contra. Es intolerable, por ejemplo, pagar a unos españoles para que permitan que sus hijos vayan al colegio, o que familias enteras puedan acampar en vertederos. Es intolerable que una madre o un padre no les suenen los mocos a sus hijos, y que en vez de hacerles una comida sana les compren una lata de albóndigas. Es intolerable que un coruñés o un ourensano decidan que los agravios a su familia se diriman al margen de la ley, porque parece ser que él y su familia tienen una propia, inspirada en la religión de Mahoma o en la filmografía de John Ford. Es, en fin, intolerable e inconstitucional que no todos los españoles sean iguales ante la ley. Y lo demás, lo de la cultura propia de unos amigos o unos primos o unos vecinos o unos que andan a la par con el moreno de piel, todo eso son zarandajas. Por eso yo estoy contra el racismo. El de allí y el de aquí.
Siento, en cambio, gran simpatía por los senegaleses que vienen buscándose la vida y han leído a Mariama Bâ o a Djibril Tamsir-Niane, y por los gitanos húngaros y andaluces, sobre los que escribía con tanta erudición Walter Starkie, el orondo y simpatiquísimo espía británico que Churchill puso al frente del Instituto Británico en el Madrid de la posguerra. Y que se quedó.