Pocas veces he creído, en contra de Hobbes y otros filósofos del pesimismo, que el hombre sea un lobo para el hombre. He intentado mirar el lado bueno de la realidad, que lo tiene. Cuando las guerras, miraba hacia los médicos y las organizaciones altruistas y los voluntarios y los que abrían las puertas de su casas para refugiar víctimas. Cuando el hambre, pienso en los que dan todo a cambio de nada. Cuando las desgracias y accidentes, veo a los de Angrois y otros muchos dejándose la piel por ayudar a quienes lo necesiten. Me he negado a creer que la humanidad se volvía inhumana. Últimamente, lo confieso, me pego con la puerta del optimismo en la crisma. Porque algo de lobos tenemos, todos, cuando dejamos morir a cientos de pobres en medio del mar. Cuando pasan pesqueros en Lampedusa, cerca de una balsa que se hunde, y miramos para un horizonte donde las nubes semejan avestruces. No se me quita de la cabeza que estos muertos sin rostro son también nuestros muertos, aunque no los queramos. Son muertos de nuestra riqueza, que está en crisis. Muertos de nuestra falta de piedad y misericordia, dos palabras que por ignorados motivos no figuran en el vocabulario del presente. Cuando la humanidad se desvanece, es urgente rehumanizarse. Estos días nos cuesta más. Quizá porque aquí al lado, en el bellísimo Teo, los lobos también estaban sueltos.