Tal vez lo que menos les gusta a los políticos en general es la libertad de los intelectuales que no se pliegan ante sus pesebres. El caso del actor y dramaturgo catalán Albert Boadella puede ser paradigmático. El que fue director de Els Joglars hasta el 2012 puso en escena obras con una gran carga crítica contra los poderes fácticos (del Estado, de la Iglesia, etcétera), y todo ello con el fervoroso aplauso del catalanismo militante, más o menos independentista, que veía en él a un autor satírico de enorme talento.
Lo malo -¡lo inadmisible!- fue que el admirado dramaturgo se tomó en serio su libertad y que, con la misma soltura y desembarazo que criticó al franquismo, la emprendió con Jordi Pujol y su corte en obras satíricas como Ubú president. Y, por si quedasen dudas respecto de su independencia intelectual, se pronunció también a favor de las corridas de toros y dijo que «no existe en el mundo occidental ninguna ceremonia capaz de conmover y elevar con semejante fuerza al ser humano». ¡Parecía Hemingway!
Pero ¿se podía transigir con tanta libertad individual? Pues no. Caricaturizar a Franco estaba muy bien, pero hacerlo con Pujol o con los antitaurinos catalanes no era de recibo. En el 2007 Boadella ganó el Premio Espasa de Ensayo con sus memorias Adiós Cataluña. Crónicas de amor y de guerra y anunció que no volvería a trabajar en su tierra por el boicot que sufrían sus obras. Su libertad de criterio, antes tan jaleada, había dejado de ser reconocida. Y se acabaron los apoyos. ¿Lograron con ello amordazar su espíritu libre? No. Y por eso sigue ahí -ahora en Madrid como director artístico de los Teatros del Canal- denunciando que «en Cataluña hay un estado de degradación en todos los sentidos» y que «Pujol es lo peor que le ha ocurrido a Cataluña en los últimos trescientos años». Lo que él ve -y denuncia- es «un desistimiento del Estado» y una huida hacia adelante del «Gobierno patético» de Artur Mas.
Yo no soy un admirador de Boadella, pero menos lo soy de aquellos que antes le reían las gracias y ahora se afanan en silenciarlo. Respeto su talento dramatúrgico y su actitud social contestataria, y no me resigno a que no puedan sobrevivir en España intelectuales libres como él.