El término desafección tiene una riqueza de matices que permite ser utilizado para intentar expresar lo que marca un estado de ánimo de la sociedad en el momento actual. No hace falta ser experto en lingüística para deducir que tiene un significado negativo. Falta algo que se juzga positivo; eso es lo preocupante. Lo hemos escuchado respecto de los políticos en general. Quizá sea exagerado elevar a regla lo que son casos singulares. No se trataría de inducir una ley como se hizo para enunciar la de la gravedad, por la que caen las cosas. Pero estas manifestaciones son tan frecuentes que ayudan a la desafección general, sobre todo cuando la corrupción anda por medio. De episodios de esa naturaleza no se salvan partidos políticos, ni sindicatos, ni dirigentes empresariales, ni banqueros profesionales, ni los que se hicieron tales procediendo de la política.
Sin ceñirse a lo que es punible resulta preocupante que pueda producir aquella reacción social el comportamiento que podría denominarse normal, en el que el interés general queda mediatizado por el del partido político. Sobresale una incompatibilidad que va más allá del legítimo pluralismo propio de un sistema democrático. La crisis reclama una convergencia en lo fundamental; no deja mucho margen. Los espectáculos parlamentarios en que se escenifica esa incompatibilidad contentarán a los militantes, pero las encuestas revelan que generan desafección. Las oposiciones tienen el derecho y la obligación de proponer políticas alternativas a las de los gobiernos. En el juego democrático queda constancia de ello y tendrá o no su rendimiento en las siguientes elecciones. Entre tanto se puede llegar a acuerdos en aspectos concretos de un proyecto de ley que no obligue a revisarlos en una posible alternancia de gobierno o, al menos, no oponerse a la bajada de un impuesto, aunque se considere insuficiente.
Desafección produce comprobar la desigualdad en el aguante de los efectos de la crisis y de las medidas para superarla. A veces son cuestiones pequeñas, pero que irritan. Al mismo tiempo que se mantiene una subida de impuestos y se amortizan puestos de funcionarios se reconoce que parlamentarios tienen exenciones fiscales en sus retribuciones y que no acaba de prescindirse de personal vario de libre designación. Otras son de carácter macro. La Bolsa está eufórica; se pone énfasis, con buena intención, en que el dinero extranjero fluye hacia España; que los bancos españoles superarán las pruebas de estrés a que será sometida la banca en Europa. La realidad es que lo que no fluye es el dinero de los bancos al sector privado. Cómo no va a crecer la desafección si se airean las altas retribuciones de sus ejecutivos y no se aprecia una moderación solidaria en la aplicación de los beneficios y hay miles de pleitos entablados por las preferentes en entidades cuyo reflotamiento ha costado un dineral. De la desafección no se salvan las instituciones, ni la convivencia en un Estado.