Cumplir treinta años por veinticuatro asesinatos es una inmensa injusticia, poco más de un año un año por víctima, y sin embargo es la cadena perpetua. Ser ejecutado en la silla eléctrica por veinticuatro asesinatos es una grandísima injusticia: la vigésima cuarta parte de una vida por cada asesinato, y es la pena de muerte. La vida de cualquiera por la vida de mi hijo es una tremenda injusticia: ninguna vida, ninguna suma de vidas, vale nada comparada con la vida de mi hijo. Por tanto esta polémica sobre la doctrina Parot, que en realidad es una cuestión de cifras, de minutos, de días -y ya habíamos quedado en que el tiempo es relativo- no aporta nada a la dura realidad: que en caso de asesinato la justicia no existe. Anden fríos o calientes, comiendo pan duro o la famosa morcilla de Góngora que en el asador revienta, ¿qué más da? No podemos hacer nada. La canallada se perpetra al apretar el gatillo, y no hay justicia ni venganza. Esa fue siempre la razón de los asesinos. Cualquiera -desde luego usted y yo- puede matar. Lo estamos viendo todos los días. Y solo la repulsión que al ser humano causan la injusticia y la violencia impide que andemos a tiros. Pero estamos indefensos contra quienes sí lo hacen. Una madre que mata a su hija durante la comida del sábado, por ejemplo. Por eso yo recomiendo entereza, dignidad y silencio. Que no nos vean patalear, porque ese es el único derecho que nos queda y, la verdad, no deja de ser patético.