El túnel

Gonzalo Bareño Canosa
Gonzalo Bareño A CONTRACORRIENTE

OPINIÓN

19 nov 2013 . Actualizado a las 07:00 h.

O el túnel es muy largo, o la luz está muy lejos. El caso es que llevamos ya dos años atravesando de la mano de Rajoy este subterráneo tenebroso, que más que un túnel parece ya el tren de la bruja por la cantidad de sustos y golpes que estamos recibiendo. Dos años de viaje y la puñetera luz sigue sin ser otra cosa que un puntito enano y remoto que ni calienta ni ilumina. Hay quien asegura incluso que no es una luz, sino el reflejo del cielo en lo más hondo del pozo al que nos dirigimos. Mucho tiene que gustarles la metáfora del túnel a Rajoy y a su gurú de cabecera, Pedro Arriola, para tener los arrestos de venir ahora con la misma cantinela que utilizaron para embarcarnos en este viaje alucinante.

Lo recuerdo como si fuera ayer. Yo estaba allí, en Córdoba. Era el primer día de la campaña electoral y Rajoy estrenó su latiguillo. «Está en juego si seguimos como hasta ahora o adivinamos una luz al final del túnel», dijo. Y ya fue un no parar. Por todos los pueblos de España fue anunciando que él era la verdad y la luz. Muchos le creyeron, porque mañana se cumplen dos años de su victoria inapelable. Hay quien sigue sosteniendo que es la luz, pero lo que desde luego no era es la verdad.

Resulta difícil encontrar un gobernante que haya incumplido de forma tan completa y obstinada su propio programa electoral. A Rajoy hay que agradecerle al menos que abreviara la comedia. Que dejara claro de salida que todo había sido un paripé. Además del túnel y la luz, el mantra de aquella campaña fue que bajaría los impuestos, porque solo así sería posible crear empleo. Fue investido presidente el 20 de diciembre del 2011. Y diez días después, llegó su primera medida: una drástica subida de impuestos. No sabemos si cumpliendo su palabra habría creado empleo. Pero sí que, no haciéndolo, hoy hay un millón de parados más que hace dos años.

Aquel 30 de diciembre, Rajoy renunció ya a que los españoles le creyeran en el resto de la legislatura. Y se lo jugó todo a que la situación económica mejorara, incluso haciendo lo contrario de lo que prometió. De momento, está lejos de conseguirlo. La subida de impuestos fue solo la puerta de entrada a un averno en el que se han sucedido los recortes, se ha abaratado el despido, se han reducido los salarios, se han bajado las pensiones, se han encarecido los medicamentos y se han inyectado miles de millones de euros en los bancos.

Rajoy tiene al menos un dato al que aferrarse. Con todo ese espanto legislativo, los sondeos dicen que seguiría ganando las elecciones. A otros que se negaron a sí mismos les ha ido peor. Ahí está el francés Hollande, convertido en el presidente más impopular de la Quinta República. Prometió un Shangri-La de bajos impuestos y derechos sociales y sirvió un menú de recortes trufado de xenofobia. El engaño, está claro, tiene precio. A Rajoy le quedan dos años para encontrar la dichosa luz o estrellarse al final del maldito túnel.