Hay artistas que tienen himnos. Que se hacen tan grandes que algunas de sus canciones quedarán para siempre, como para siempre queda la Ilíada o la volea de Zidane. Uno de esos artistas nos dejó poco antes del día de Difuntos. Era y es Lou Reed. Es, porque su tema Take a walk on the wild side jamás dejará de escucharse. Pasarán generaciones y vendrán otras que se excitarán con el lado salvaje por el que pasea la chica. Llegará carne fresca que se asombrará con la posibilidad de saltar a la orilla equivocada (o no). Lou Reed estaba cansado de que le preguntasen por la Velvet, la banda con la que reventó el mundo. Y prefería siempre hablar de libros, de literatura, de letras, de su adorado Edgar Allan Poe. Lou Reed fue un poeta de versos de alta tensión. Eléctrico. Bromeaba sobre su salud y su mala vida: «No sé cómo diablos sigo vivo todavía», decía ya con más de sesenta años. Al final el todavía se cayó y Lou se marchó con 71 marzos. Nos queda una música tan curtida como el rostro de este hombre, vencedor en un millón de batallas. Hay veces que los músicos hacen que suene Perfect Day y consiguen que de verdad se puede creer que, durante dos minutos, ser dios es posible.