El pasado 19 de diciembre el PSOE solicitó en el Congreso de los Diputados la creación de una comisión de investigación sobre la gestión de Miguel Blesa en Caja Madrid. El mismo día, el PP manifestó que bloquearía con su mayoría tal iniciativa. Rubalcaba dijo entonces en la Cámara que Caja Madrid se había rescatado con «dinero público lleno de basuras de políticos del PP», tras conocerse los correos electrónicos intercambiados entre el expresidente de Caja Madrid y los dirigentes populares, que demostrarían la notable influencia de los últimos en las decisiones de la entidad que se fue luego al garete.
Cinco días después saltaba la noticia de que Blesa -el mismo Blesa denunciado con razón por Rubalcaba por sus evidentes connivencias con el Partido Popular- había condonado a los dos grandes partidos españoles una cantidad cercana a los 17 millones de euros: 12.250.000 (más de dos mil millones de pesetas, el 79 % de la deuda) al Partido Socialista; y 4.320.000 (más de 700 millones de pesetas, el 72 % de la deuda) al Partido Popular.
La segunda noticia escandaliza en sí misma y en relación con la primera. En sí misma porque mientras Caja Madrid exigía desahuciar a propietarios que, por su mala cabeza o mala suerte, no podían hacer frente al pago de sus deudas, a nuestros dos principales partidos les regalaba -esa es la palabra adecuada- casi tres mil millones de pesetas: dividan esa cifra por pequeñas hipotecas y verán cuántas les salen.
Pero la noticia del multimillonario regalo de Blesa al PSOE y al PP -hecho, por supuesto, con dinero que no era suyo y que luego todos hemos tenido que pagar con nuestros impuestos en el rescate de la entidad financiera madrileña- puesta en relación con la hipócrita petición del PSOE y la respuesta, hipócrita igualmente, del PP demuestra el infinito cinismo de los dirigentes de uno y otro partido, acostumbrados ya, en un ambiente de creciente impunidad, a comportarse con una absoluta desvergüenza.
Decía Lincoln, y es verdad, que nadie tiene tanta memoria como para mentir siempre con éxito. Nuestros líderes políticos no la tienen, claro está, y pronto se olvidan de que el personaje que hoy denuncian como un ser abominable ha sido antes su más cordial benefactor. En eso los comportamientos del PSOE y del PP -y los de los demás partidos, en cuanto tocan alfombras y poder- resultan absolutamente intercambiables, por más que todos ellos, y sus hinchadas respectivas, se muestren convencidos de que quienes meten la mano son siempre los demás.
Los dirigentes partidistas carecen, ciertamente, de memoria, y por eso hacen lo que hacen, pero todos confían en que ese mismo mal lo padecen también los electores. En lo que, visto lo visto, no parece, ¡ay!, que estén muy descaminados. Y así, entre desmemoriados, va el país.