Salimos de los Reyes Magos y ya casi hemos sobrevivido a otras Navidades. Queda por saber ¿quién va a terminar de pagar las facturas (y las fracturas)? Un niño genial, inocente, cuando vio que menguó la montaña disparatada de juguetes dijo con cara de pícaro: ¿Qué Reyes Magos son estos? Son unos reyes vagos. Atrás quedan las fiestas con esas guirnaldas que invitan a cosas buenas y a cosas malas y atrás queda el año al que los supersticiosos le llamaba el dos mil doce más uno. Entramos de lleno en el dos mil doce más dos. Ojalá que las cuentas pinten mejor. Y que los políticos encuentren ese camino que nos llevaría a la salida del túnel más largo que hemos vivido y que se llama crisis y no está en los Alpes. Como sigamos así, en vez de gobernar a ciudadanos, van a gobernar a topos. Y ya puestos a pedir, en vez de poner a parir (que es más típico en este país), vamos a pedir con el empuje de la reciente Navidad que alguien se lleve a todos los mentirosos. Lo cierto es que no llega con el flautista de Hamelin. El aire está ya tan irrespirable por la polución de tanta falsedad que termina o no en los tribunales con o sin resultado que necesitamos, por lo menos, a un trompetista gigante para que se lleve con su música a todos los que creen que la palabra está en almoneda.