Chappaquiddick

Mariluz Ferreiro A MI BOLA

OPINIÓN

08 ene 2014 . Actualizado a las 07:00 h.

Chappaquiddick es una isla de Massachusetts. Pero acabó siendo mucho más que un lugar. Allí, en 1969, el coche que conducía Ted Kennedy cayó al agua desde un puente cuando volvía de una fiesta. El prometedor político salió del vehículo y se marchó a dormir a su hotel. Hubiera sido solo una peligrosa pirueta de una noche de verano si no se hubiera quedado atrapada en el automóvil Mary Jo Kopechne, de 21 años. Ted Kennedy no informó de lo sucedido hasta varias horas después. Al conductor le fueron impuestos dos meses de libertad condicional por abandonar la escena del accidente y no socorrer a Kopechne. Chappaquiddick fue el principio del fin de la carrera presidencial del menor de los hermanos Kennedy. Lo ocurrido persiguió al león del Senado hasta su muerte. Y no solo eso. Porque la retorcida palabra sigue presente en el vocabulario político estadounidense. Se utiliza todavía para referirse a aquellos casos en los que los poderosos gozan de impunidad ante situaciones que aplastarían al común de los mortales. España, por momentos, parece hundida en el desánimo, situada mentalmente en el fondo, bajo el agua, mientras muchos de los que iban al volante se van tranquilamente caminando. La imputación de la infanta Cristina aporta oxígeno, sobre todo después de comprobar ese oficialista empeño en liberarla de responsabilidades. Ella no debe ser ni más ni menos que la esposa de Diego Torres, por citar un ejemplo que le es cercano a la hija del rey, al juez, al fiscal y a los que hayan seguido los vericuetos del caso Nóos. Porque se puede ir más lejos. Y recordar Chappaquiddick.