No me gusta demasiado mirar hacia atrás ni rebuscar con ira en el pasado, pero a veces uno se siente obligado a ello. Esto sucede particularmente cuando alguien -en general, un tarambana recién llegado- hace tabla rasa del pasado y se proclama a sí mismo el primero que asó la manteca. No quiero llenar esto de nombres, pero ni la libertad llegó a TVE con la periodista Ana Pastor (como parece creer ella), ni nuestro pasado reciente está tan lleno de negruras como pretenden algunos refundadores de la nada. Si hablamos de los medios de comunicación públicos, hay que darle al César lo que es del César. Y probablemente hay que poner al inolvidable Pío Cabanillas Gallas en el lugar que le corresponde como aperturista convencido y tenaz. Y por supuesto, también hay que citar a Adolfo Suárez, político osado y seductor, y, aunque a algunos no les guste, al Fraga que embridó a la derecha proveniente del franquismo. Junto a ellos pongan a Felipe González, a Tierno Galván, a Tarradellas, a Carrillo y a otros, y la cosa empezará a parecerse a lo que en realidad fue. Y si fue así, ¿por qué no decirlo?
Tengo la sensación de que nos hemos atiborrado de políticos mediocres que, al no poder compararse con sus antecesores, lanzan sobre ellos silencio y olvido. Un mal camino, porque nos impide aprovecharnos de sus enseñanzas y mantener un nivel de exigencia basado en el conocimiento y en la comparación. Algo que, en buena parte, le debemos al buenismo de Zapatero, que quiso liberarnos del corsé de la transición para ponernos a abanderar la vanguardia de todos los valores. Lástima que llegó la crisis económica (inesperada e incomprendida) y lo despatarró todo, dejando claro que lo primero que se debía haber atendido era la mala salud de hierro de nuestra economía.
Con todos estos ajetreos, se nos han ido olvidando los nombres de los buenos, y también los de los malos. Indebidamente, los estamos metiendo a todos en el mismo saco. Y no debe ser así. Hoy más que nunca es necesario recuperar el ejemplo de los mejores y dejar de berrear el «y tú más» al que se dedican nuestras mediocridades nacionales.