Hay una película japonesa que ha creado un vivo debate. El filme, De tal palo, tal astilla, plantea un dilema. A dos parejas de Japón les llaman del hospital y les dicen que tienen a sus hijos cruzados. Se lo dicen cuando los críos tienen ya seis años (muy bien elegida la edad). Y empiezan las dudas, el dolor, la rabia, los ojos abiertos de no entender nada. ¿Qué hacer? El hospital les propone intercambiarlos. Los padres dudan. ¿Es más hijo tuyo el que lleva tu sangre o al que ya has criado durante seis años? ¿El roce hace el cariño? ¿Lo importante es la sangre? ¿Cómo afrontar esa decisión increíble? Gustan estas películas que invitan a salir del cine y buscar el calor de las palabras sobre lo expuesto. La historia es una especie de vuelta nipona a aquella mítica novela de Mark Twain, Príncipe y mendigo, porque aquí también una de las parejas es la supuesta familia perfecta con una posición destacada, y la otra, no. También está sobre la decisión las diferencias de clase. Una familia educó esos seis años al que creían su hijo con una disciplina tremenda para que, por supuesto, en el futuro se convierta como su padre en hombre de provecho. ¿Pero son más felices los hombres de provecho o los hombres aprovechados? ¿Queremos que nuestros hijos triunfen o no será mejor que sean (lo más difícil) simplemente felices?