Resulta sospechosa la simpatía popular con la que parece ser acogida toda protesta, sea la que sea, vaya de lo que vaya y se haga como se haga. Es evidente que hay muchas razones para protestar y que muchas protestas son justas. Pero no lo son todas, ni es admisible la forma en que se producen algunas de ellas. Fernando Ónega describió en estas páginas «cómo los diputados más conocidos no pueden salir a tomar un café porque siempre hay alguien que los asalta. Fuera de su despacho, su único refugio es el coche oficial». Es una realidad que no tiene buena pinta. Porque todos los que protestan saben que esos políticos están ahí porque los hemos votado, y dejarán de estarlo cuando el pueblo les niegue sus votos. Por ese camino llegan y por ese camino se puede hacer que se vayan. Es la vía democrática, la única que garantiza estos relevos de un modo ordenado, representativo y condicionado temporalmente.
Sería de necios negar la indignación ciudadana y las razones que la asisten. Sería de torpes no prestarle atención o desatenderla sin más, como si no existiese. Pero también sería un despropósito darle la razón en todo, porque no siempre la tiene. No basta que una cosa sea dicha por un indignado para que sea verdad o este tenga razón. Por eso es tan importante no acuartelarse en ningún extremo. La crisis económica ha generado mucho sufrimiento y mucha desesperación en nuestra sociedad, y los políticos no pueden comportarse como si eso no fuese con ellos. Por el contrario, deberían ser intachables en el desempeño de sus funciones y en sus propias conductas personales.
¿Por qué empecé diciendo que resulta sospechosa la simpatía popular que parece despertar toda protesta indignada? Porque creo en los valores fundamentales de la democracia, y quizá también ha llegado la hora de defenderlos y reivindicarlos. Nunca les negaré a los indignados sus derechos y su función social, a condición de que esto no signifique arrasar con un sistema democrático que nos permite elegir libremente a nuestros representantes (e igualmente nos permite echarlos). La ejemplaridad de los políticos es hoy más necesaria que nunca, pero también lo es la de los indignados.