El mismo día que Hollande anunció su ruptura con Valérie Trierweiler podría haber proclamado también su deserción de la izquierda. El descubrimiento de su relación con la actriz Julie Gayet ha dejado en segundo plano su giro neoliberal, que va a suponer 50.000 millones de euros de nuevos recortes. El presidente francés se pasa a las filas de los defensores de la más pura ortodoxia del ajuste del déficit a ultranza. El político que llegó al Elíseo declarando que su mayor enemigo era el mundo de las finanzas rebajará en 30.000 millones de euros anuales las cargas laborales a las empresas. El liberal The Economist, que lo calificó como el hombre más peligroso de Europa, le saluda ya como un socialdemócrata moderado. Desde esta columna se advirtió que Hollande no iba a ser la panacea que algunos esperaban ni un demiurgo provisto de una varita mágica. Pero de ahí a pensar que defraudaría las esperanzas que suscitó y traicionaría sus promesas como lo ha hecho va un abismo. Su triunfo levantó expectativas y pareció mostrar un camino diferente a las políticas dictadas por Merkel y que, entre otros, sigue Rajoy. Ahora su gestión suscita una cuestión inquietante para la socialdemocracia europea: ¿tiene en realidad un modelo alternativo?, ¿en qué consiste? Interpelaciones que apuntan al PSOE. Hasta ahora sabemos que se opone a casi todo, recortes, hachazos al Estado de bienestar y pérdida de derechos y que apuesta genéricamente por políticas de estímulo al crecimiento. Pero en dos años no ha sido capaz de articular un programa económico alternativo completo, sólido y creíble, más allá de algunas propuestas deslavazadas.