Imposible olvidar aquellos años del tardofranquismo en que estábamos completamente seguros de que la solución a todos nuestros males era la democracia. Tal vez por ello ahora asombra el poco respeto que parecen mostrar algunos ante esta forma de Gobierno, tan superior y tan libremente elegida. No creo que dañarla o debilitarla sea el buen camino para corregir los desvíos detectados. Por el contrario, creo que debemos fortalecerla y respetarla, porque la democracia es el único sistema que lleva incorporado el mecanismo político de autocorrección por medio de las urnas.
Nuestra situación actual tiene una explicación simple. Theodore Roosevelt la formuló con claridad hace un siglo: «Una gran democracia debe progresar o pronto dejará de ser o grande o democracia». Creo que aquí está el quid de la cuestión. Porque ha sido la crisis económica la que nos ha desnudado y ha puesto a la vista todas nuestras vergüenzas: corrupciones, enchufes, abusos de poder y despropósitos en general. La consecuencia de esto está ante nosotros en forma de desencanto con el poder. Lo cual lleva a muchos ciudadanos a la peligrosa conclusión de descreer de la democracia que encumbró a los encumbrados.
Es este un grave error de percepción. Porque el mal no está en el sistema democrático, sino en la vulneración de sus principios esenciales. Es la propia democracia la que nos permitirá deshacernos de los indeseables y elegir a los mejores. Por este camino, la democracia se avivará y se consolidará entre nosotros, y la ciudadanía y el Estado progresarán.
Escribo esto porque se oyen demasiados discursos en los que se silencian las ventajas incomparables de la democracia. Y este puede ser un mal camino. Como dijo el escritor Paul Auster, para los que no tenemos creencias, la democracia es nuestra religión. Es el sistema que nos permite equivocarnos y rectificar. Porque su esencia está en el mantenimiento de su capacidad de corregir los propios resultados sin desvirtuarse, sino justamente refrendándose con ello.