Sin pepino

Mariluz Ferreiro A MI BOLA

OPINIÓN

26 feb 2014 . Actualizado a las 07:00 h.

Pepino. Era una de las pocas palabras que sabía decir en inglés. Hola, gracias, por favor... Y pepino. O, más bien, «sin pepino». «No cucumber». «Es que aquí a la mínima te lo cuelan en el bocadillo o en la ensalada. Los tiene locos el pepino», decía mientras McEnroe iba de una pista a otra para comentar un nuevo partido. Se paseaba por el All England Club con la naturalidad de la costumbre. Renegaba de las fresas por su precio. Hablaba de cocina gallega con el enviado especial de Le Monde. Ni pestañeaba al pasar al lado de la gran foto en blanco y negro del primer gran triunfo de una jovencísima Navratilova. En ese instante en el que ella quedó capturada en el altar del tenis él ya estaba allí. Su gorro, su polo, su maletín, su bigote. No era inglés y, sin embargo, parecía el más británico de todos los que pululaban por las pistas. Amaba la hierba de Wimbledon y le encantaban las calles de París. Siempre traducía los triunfos y las finales a dólares, pesetas, euros, libras, rublos, coronas... «¡A la buchaca!», repetía. Resumía cualquier victoria o extravagancia de un tenista con la muletilla «menudo es él». Y caían los torneos, los números uno del ránking, las páginas. En el 2004, después de ejecutar unas dejadas sin despeinarse en el club de tenis de A Coruña para que los novatos practicaran su desastrosa volea, pagó la ronda en la barra de la cafetería. Celebraba los setenta años aquel día. Todavía escribía sobre esos tipos que dialogan con raquetas. Hubiera cumplido los ochenta este año. Pero hace dos que no está. Y es difícil decir si parece que fue ayer o que ha pasado mucho tiempo. Era José María Guimaraens. Guima. Menudo era él.