Hoy escribimos la primera línea de la tercera página del libro del año. Saludamos marzo como quien le da la bienvenida a la luz, a los encanecidos almendros, al mar amarillo de las mimosas, a los insultantes, desafiantes brotes de los prunos, al equinoccio que se deja caer en torno al día 21 para proclamar la primavera que viste de todos los tonos de verde el manto amable de las tardes que se tiende por la espalda de la Tierra.
Marzo trae el carnaval, que este año viene tardío, la obscena fiesta de la carne -carne vale que fabulaba Cunqueiro-, alicaída y estandarizada en alegres desfiles, desvirtuando el carácter popular, choqueiro y primitivo, que desembocaba el miércoles de Ceniza con los rigores penitenciales.
Marzo es un mes pórtico, la entrada anual a la sucesión de los días crecientes, la primera luz encendida en el descansillo de las escaleras del invierno, cuando la república infinita de las golondrinas pregonan su algarabía de recién llegadas. Un mes de vísperas, concluye la invernía dejando atrás las invernadas. Se ponen en pie los corazones y rebrotan las calladas endorfinas que van silueteando la pasión que da sentido a la vida, y a la vieja leyenda de los amores que germinan. Marzo olvida el origen guerrero, bélico de su nombre que rinde homenaje a Marte, el dios que guarda la guerra en el Olimpo. Es un mes suave en los modales, caprichoso y presumido, viste a todos los arboles con un nuevo traje de domingo, y hace que el viento cante una copla antigua, un romance de vidas que se encuentran.
Por Irlanda, la entrañable Erin de célticas evocaciones, el día 17 toda la isla rinde pleitesía a un santo totémico, san Patricio de Eire, simpático protector de las baladas cantadas en las tabernas a mil voces, mientras ampara a los bebedores de cerveza que consumen las jarras de pintas hasta el alba. Un trébol de cuatro hojas adorna mi memoria irlandesa.
Comienza marzo, otro marzo, el mes de mi nacimiento que en los primeros días me recuerda que cumplo un año más, lo que celebro alzando una copa llena de palabras que comparto con ustedes, mis lectores a los que ahora les cuento a brochazos el torpe saludo mensual. Se irá marzo cuando sume treinta y una jornadas. Ya será primavera y en la cúpula del cielo se quedaran vigilantes todas las estrellas del firmamento. Buscaré a Altair cuando la noche sea clara y le contaré historias de marzo, de la fauna mágica que habita en los bestiarios y se retira hasta otro año a los cuarteles de invierno. Mientras escucho una historia poblada de afectos que me lleva en volandas al país de mi infancia donde habitaba la felicidad. Comienza marzo.