De nuevo la mar lleva el luto a la gente de Muros, de Abelleira, como una letanía que se viene entonando desde que el hombre descubriera que la madera flota y que los peces se comen. No hay novedad en la tragedia; solo la constatación de que la mar mata. Entre tanto progreso, tanto futuro ya hecho presente, tanta era global, de repente el mar nos arrolla, destroza nuestras costas, las playas, los paseos y nos recuerda que seguimos siendo insignificantes. El mar entra borracho en nuestras casas, destroza la vajilla y mientras sale por la puerta se lleva media docena de vidas. Y nos permite sentir como contemporáneos a los personajes de Moby Dick, la novela de Melville publicada hace más de ciento cincuenta años. Ismael, el primitivo Queequeg o el capitán Ahab. Un soñador, un arponero que más parecería un jugador de rugbi maorí y un fanático. Se trata de una historia terrible con espíritu bíblico y homérico. Con la épica del Apocalipsis.
Hace ya también más de medio siglo que el escritor vasco Ignacio Aldecoa publicó Gran Sol, la novela de una campaña de pesca en el caladero que da título a la obra. Para documentarse anduvo embarcado, y lo que sacó de aquella experiencia fue una obra coral, moderna, poética y con el aire de la novela social que entonces estaba de moda -Pascual Duarte, los Cipreses de Delibes-, y acabó por ser su mejor obra.
La mar ahora parece que va a dar tregua, y será un buen momento para que los muertos descansen y los que quedan lean Gran Sol o la historia de Ismael.