Podía prometer... y cumplió

OPINIÓN

Con la fuerza de los valientes, ejecutó lo que dijo en una situación difícil y apostó por la democracia porque, en lugar de ser un político del pasado, fue, contra el estúpido pronóstico de algunos, un político del futuro

24 mar 2014 . Actualizado a las 09:40 h.

«Tejer y destejer». Así, con solo tres palabras, resumió el escritor realista Juan Valera, a principios del siglo XX, la historia política de España durante el siglo XIX: pronunciamientos, golpes de Estado, guerras civiles, revoluciones y contrarrevoluciones, cambios de régimen y de Constitución tejen y destejen sin cesar el cuerpo y el alma del país, que no encuentra sosiego ni reconciliación entre tanto ir y venir. Valera, que se murió en 1905, no pudo ver, en todo caso, por suerte para él, el formidable terremoto en que iba a desembocar aquel trágico movimiento pendular: una breve dictadura (la de Primo de Rivera), una República abortada por la fuerza de las armas, una Guerra Civil devastadora y, para culminar aquel absoluto desatino colectivo, otra dictadura, la de Franco, con la que los españoles nos acercamos al final de la centuria.

Sin tener a la vista esa terrible evolución, empedrada del odio cerril de un pueblo educado en la barbarie del duelo a garrotazos, no es posible captar la importancia de la transición democrática española ni, tampoco, el decisivo papel que en ella jugó el hombre admirable que ayer se nos murió. Pues, de haber tenido Adolfo Suárez las hechuras ideológicas de los españoles del pasado, es más que probable que ni hubiera habido elecciones plenamente democráticas en 1977 y que, de haberlas habido, aquellas no nos hubieran conducido a la aprobación de la primera Constitución de consenso de toda nuestra historia.

Suárez, que ocupó en el tardofranquismo cargos de mucha relevancia, apostó por la democracia porque, en lugar de ser un político del pasado, fue, contra el estúpido pronóstico de algunos, un político del futuro. Un político del futuro, sí, pues supo comprender con una meridiana claridad que la concordia civil solo podía nacer -Franco enterrado-, de la reconciliación y de la participación de todos en la nueva España que entonces tocaba construir. Por eso legalizó el Partido Comunista, plenamente consciente de que, sin él, las elecciones serían una farsa. Y por eso, cuando tuvo la ocasión de haber pactado con Alianza Popular una Constitución que la derecha le imponía al resto del país, optó por el consenso, consciente nuevamente de que o la nueva ley fundamental era de todos o estaba, como las del pasado, condenada a fracasar antes o después.

Es verdad que en esa tarea contó Suárez con el apoyo, no solo del rey, sino de un grupo de dirigentes políticos en su conjunto irrepetible, tanto que muchos de los que hoy lo homenajean hicieron posible que quien en 1976 fue nombrado presidente del Gobierno pudiera guiar el país hacia la libertad y la democracia. Pero lo es también que sin la generosidad de Adolfo Suárez para entender al adversario, sin su audacia para correr riesgos jugándose la piel y sin su sentido del Estado no hubiéramos sido capaces de romper con aquel maleficio histórico que parecía condenarnos, como a Sísifo, a empujar una y otra vez la pesada piedra de la convivencia colectiva hacia la cima inalcanzable de la paz civil y la concordia.

Suárez, que contó como aliados con su encanto irresistible -el de un hombre sencillo- y su humildad, desprovista de toda impostura y de cualquier pretensión de ser lo que no era, nos legó una democracia que, pese a todas sus actuales imperfecciones (que son muchas) es, a gran distancia, la mejor de las que hemos tenido hasta la fecha. Por eso, en una época en que tantos hacen lo contrario de lo que habían prometido y prometen hacer lo que pasa al olvido de inmediato, admiramos al español que en la situación más difícil prometió lo que entonces parecía poco menos que imposible y, con esa tranquilidad de los valientes, lo cumplió. Descanse en paz. Se ha ganado a pulso ese derecho.