La lenta agonía de Adolfo Suárez nos ha permitido desgranar estos días los grandes valores de nuestra transición democrática (sin que nadie se reconozca culpable, por cierto, del desbarre en el que chapoteamos ahora). Nadie recuerda ya los miles de titulares periodísticos que incluían la palabra desencanto en aquellos años que nuestro recuerdo ha convertido felizmente en maravillosos. Porque la transición fue un éxito, y esto es lo importante, aunque sus forjadores no dejasen de apuñalarse cada día con denuedo. Repásese lo que entonces decían de Adolfo Suárez sus propios compañeros de UCD (muchos de ellos simplemente desleales) y lo que coreaban sus adversarios políticos (Felipe González, Guerra, Fraga, etcétera, con descalificaciones excesivas).
Porque Suárez, tan implacablemente criticado, sobre todo por los suyos (que luego ofrecieron versiones extrañamente melancólicas), desmontó la dictadura franquista en solo tres años, yendo de la ley a la ley, y sirvió lealmente a Juan Carlos I y a España. Y tuvo la gran lucidez de saber cuándo había llegado el momento de irse: «Mi marcha es más beneficiosa para España que mi permanencia», dijo entonces. (Los cantantes Víctor Manuel y Ana Belén, que habían entendido el negocio, seguían coreando aquello de que «hay que apretar el puño y caminar»). El terrorismo y la crisis económica eran los verdaderos problemas, no Suárez, pero ya nadie apostaba por él, ni el rey.
Ahora ha muerto y el incienso orea justamente su memoria. Fue el hombre providencial para una misión políticamente suicida en lo personal. Nadie le perdonó nada mientras estuvo en el poder, pero hoy todos sabemos lo que hizo y lo valoramos en su justa medida. Y percibimos también que no todos podían hacerlo como él. Porque casi nadie tenía su empatía y su capacidad de que cada interlocutor se sintiese imprescindiblemente convocado a construir un futuro democrático común para todos los españoles.
Hoy es fácil caer en el elogio desmedido, pero la verdad es que son desmedidos los elogios que merece, porque era muy difícil hacer tanto en tan poco tiempo. La historia nunca podrá negarle su acierto en aquellos momentos decisivos.