Con él aprendí...

Nona Inés Vilariño *+TRIBUNA

OPINIÓN

28 mar 2014 . Actualizado a las 07:00 h.

No me resulta fácil escribir este artículo. Hay, en mi mente y en mi piel, todavía erizada por las imágenes recientes, emociones y recuerdos que rescatan vivencias que me enseñaron que la política debe ser un ejercicio de entrega generosa a mejorar la vida de los demás. Adolfo Suárez contribuyó, en gran medida, a este proceso. Con él aprendí, entre otras muchas cosas, que los adversarios políticos no son enemigos, aunque a veces lo parezcan, y que defender los principios propios, con la firmeza que sea necesaria, debe ser compatible con buscar el acuerdo y construirlo enriqueciéndolo con las aportaciones de los demás, aunque para ello sean necesarias algunas renuncias.

Conocí al presidente en 1977 y, aún después de su marcha de la política, seguí disfrutando de su amistad y de su afecto. Además, sigo teniendo amigos comunes que me informaban de la evolución de su enfermedad, durante esos años en los que ya no reconocía ni siquiera a su familia. Son muchos mis recuerdos, pero algunos me marcaron, como política y como persona. Era un seductor, en ese noble sentido de atrapar a su interlocutor con su discurso. Sus armas de seducción eran: la mirada, franca, profunda y sostenida; la forma de recibir la mano del otro cuando iba a estrechársela. Y algo, para mí lo más singular y sorprendente: cuando hablaba, en privado o en público, el mensaje parecía elaborado y destinado a ti en exclusiva. A esto se le llama empatía, cualidad necesaria para los políticos que aspiren a ejercer el liderazgo que la sociedad necesita y no solo el poder? Pero su mayor fuerza residía en la convicción de que conseguir sus objetivos dependía de ser capaz de transmitir a los demás la firmeza y el valor de su compromiso con la democratización de España, ratificado a diario con su inquebrantable lealtad al pueblo español y a las instituciones y con su «prudente audacia» para abordar las cuestiones más delicadas.

Durante estos días se ha reconocido, por fin, que se ha ido un referente de la grandeza de espíritu que la transición requería, si quería hacerse de modo que las dos Españas no volviesen a helarnos el corazón. La obra está ahí, resistiendo embates que pretenden reducirla a un proceso pacato, hecho por políticos pusilánimes, que no se atrevieron a hacer lo que, según ellos, el pueblo pedía mayoritariamente: la ruptura. Olvidan que los pueblos pueden hablar en las calles y en los periódicos, pero su mandato nace de las urnas, que fueron contundentes en su veredicto.

El mejor homenaje que puede hacérsele al presidente de la transición es recuperar valores imperecederos como: el espíritu de concordia y reconciliación, la disposición permanente al acuerdo y la honradez, en el ejercicio del poder y en la vida, e incorporarlos a la escuela como enseñanza transversal. Y como referente a Adolfo Suárez, que no será un adversario político de nadie, porque ha entrado en la historia, y lo ha hecho envuelto en el calor de un pueblo por cuya dignidad estaba dispuesto a morir?

Nona Inés Vilariño es Exdiputada de UCD por A Coruña.